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Educación para un mejor país y no un mejor país para educar

Multitudinarias y coloridas fueron las marchas que por las distintas ciudades de Colombia tuvieron lugar el pasado miércoles, 10 de octubre. Con trajes folclóricos, batas y chaquetas para el frío y la lluvia, los estudiantes, profesores y administrativos de un buen número de universidades colombianas salieron a las calles para pedirle al Gobierno Nacional una solución urgente, en términos de incremento de recursos financieros, frente a la gran crisis que llevamos experimentando por varios años las 32 universidades públicas del país. Ni las condiciones climáticas mermaron la iniciativa y la alegría de los colombianos que piden una política de Estado para garantizar el acceso de los más desfavorecidos a la educación superior de calidad.

Las marchas se caracterizaron, sobre todo, por ser escenarios en los cuales se manifestaron con intensidad la creatividad y el respeto, mostrando una gran madurez del movimiento estudiantil. Pancartas con humor ingenioso, disfraces alusivos a los políticos de hoy, inflables en forma de lápices, inmensos barcos diseñados con plástico y hasta la construcción de un toro al que los estudiantes llamaron “Corsario”, hecho de diversos materiales y a escala real, de cuya nuca colgaba un letrero de “SOS presupuesto”, fueron algunas de las muestras de la capacidad creativa de los jóvenes. Los asistentes llegaron a la Plaza de Bolívar para hacer sentir su voz desde todos los rincones del país y de todas las universidades, tanto públicas como privadas.

Las marchas del pasado miércoles son una expresión muy importante del inconformismo que no solo los jóvenes de nuestro país, sino también toda la comunidad académica, han venido expresando frente a la visión miope y cortoplacista que sobre la educación superior y su correspondiente financiación han implantado gobierno tras gobierno en los últimos 30 años.

Seamos sinceros: no hay candidato a la Presidencia, gobernación, alcaldía, Congreso, etc., que no haya expresado en su respectiva campaña que la educación debe ser la prioridad para cualquier comunidad. Pero ¿por qué, si lo sabemos e insistimos en ello, nada de eso se refleja en una verdadera política de Estado para la educación superior del país?

Definitivamente, las palabras no son suficientes para construir un mejor país. Como sociedad debemos hacernos conscientes de lo fundamental que es la educación pública para nuestro desarrollo como individuos felices, éticos, con calidad de vida, y como una comunidad que se construye con objetivos claros de convivencia y solidaridad. Por supuesto, la educación es la vía principal para erradicar la corrupción de nuestra sociedad y para impulsar la reconstrucción del tejido social que la guerra destruyó a lo largo y ancho del territorio nacional. Acciones como la de los jóvenes del miércoles pasado muestran a las claras que para ser ciudadanos debemos ejercer nuestra responsabilidad, llamando la atención hacia lo importante, señalando las falencias de nuestra sociedad, siendo críticos y, sobre todo, proponiendo soluciones creativas y en paz. El llamado de los jóvenes y de todas las universidades del país es a que los administradores del Estado (Gobierno y dirigentes) despierten y se sacudan para que entre todos construyamos un país que sea rico gracias a su fuente inagotable de conocimiento y educación, un país que sea próspero y pacífico gracias a la formación de sus ciudadanos.

Aunque es completamente cierto que hoy las universidades públicas se encuentran con problemas presupuestales para finalizar exitosamente el año 2018, esto solo es el resultado de un problema más profundo y estructural que tiene que ver con que, lamentablemente, como sociedad no le hemos querido dar la prioridad a la educación en los asuntos del Estado; la verdadera prioridad que acepte, asuma y tenga en cuenta que solo con educación de calidad para todos y todas lograremos ser una mejor sociedad en todos sus ámbitos.

Es errado pensar que para apoyar fuertemente a la educación pública es necesario esperar a que el país tenga los recursos suficientes como cualquier nación del primer mundo. Por el contrario, para que Colombia sea próspera y alcance un nivel económico importante es fundamental que construya sus cimientos a partir de una educación pública y de calidad. Esta es una fórmula muchas veces aplicada con éxito en otras naciones, tan capaces y creativas como nosotros. Países como Alemania, Corea del Sur, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia, entre muchos otros, han comprendido que el conocimiento es parte fundamental de la economía, que es clave para la generación de riqueza y el mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes.

En este sentido, como hemos venido insistiendo en distintos foros y escenarios, desde la Universidad Nacional de Colombia estamos convencidos de que la solución de la crisis solo puede ser una: la de construir una política integral de Estado para el Sistema Nacional de Educación en donde la educación pública gane en relevancia y liderazgo. Esta política de Estado debe expresar sin timidez la importancia que ha de tener, de ahora en adelante, la formación de ciudadanos libres, éticos y con conciencia social, y ha de implementar con urgencia una reforma integral a la Ley 30 de 1992, que cambie por completo el sistema de financiación de las universidades públicas, su participación en el Estado y su permanente mejoramiento y actualización.

La Universidad Nacional de Colombia y las demás universidades públicas les pertenecen a todos los colombianos, por tanto, debemos cuidarlas, impulsarlas y esperar de ellas los mejores esfuerzos para lograr una Colombia más prospera y en paz. La inversión en educación es la mejor inversión social que se puede hacer para impulsar la innovación y la creatividad, por ende, el desarrollo mismo del país. 

* Rectora, Universidad Nacional de Colombia.

@DollyMontoyaUN